El arte y el poder siempre han tenido
una relación simbiótica. El artista que consigue acercarse al poder vive a su
sombra, beneficiándose de sus encargos y por tanto de su dinero, mientras que
el poder busca en las obras de arte la demostración evidente de ese mismo
poder. Hablamos de las grandes artes pláticas como la Arquitectura, la Escultura
y la Pintura pues otras, como la Literatura, pueden llegar a estar en el polo
opuesto.
No conviene olvidar la Religión, un
poder terrenal al nivel del económico y el político, y en épocas aún superiores,
que siempre ha estado presenta cuando se habla de arte. De hecho, la mayor
parte del patrimonio artístico de la humanidad tiene un significado religioso,
y solo en los siglos recientes se ha invertido esa circunstancia, y hoy en día
es escasa la producción de arte de significación religiosa. Una notable
excepción la constituye el Imperio Romano, durante el cual la obra civil
compitió e incluso superó en calidad y en cantidad a la de inspiración
religiosa.
Y la obra pública es también un
territorio en el que confluyen el poder político y el artista, con
construcciones singulares con las que el político espera ser recordado por
haberlas promovido, y el artista alcanza notoriedad para futuros encargos; aquí
encajan puentes famosos, ciudades de las artes y de la cultura y otros
desarrollos similares que han proliferado en las últimas décadas.
Alrededor de
cualquier forma de poder social siempre ha florecido un mundo artístico, con
características diferentes dependiendo de la época y el lugar, pero siempre
beneficiándose el uno del otro, y es bueno que así haya sido y lo siga siendo,
pues permite a las siguientes generaciones disfrutar de un patrimonio cultural
acumulado poco a poco, siglo tras siglo.
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