miércoles, 9 de diciembre de 2015

Arte y poder

El arte y el poder siempre han tenido una relación simbiótica. El artista que consigue acercarse al poder vive a su sombra, beneficiándose de sus encargos y por tanto de su dinero, mientras que el poder busca en las obras de arte la demostración evidente de ese mismo poder. Hablamos de las grandes artes pláticas como la Arquitectura, la Escultura y la Pintura pues otras, como la Literatura, pueden llegar a estar en el polo opuesto.

No conviene olvidar la Religión, un poder terrenal al nivel del económico y el político, y en épocas aún superiores, que siempre ha estado presenta cuando se habla de arte. De hecho, la mayor parte del patrimonio artístico de la humanidad tiene un significado religioso, y solo en los siglos recientes se ha invertido esa circunstancia, y hoy en día es escasa la producción de arte de significación religiosa. Una notable excepción la constituye el Imperio Romano, durante el cual la obra civil compitió e incluso superó en calidad y en cantidad a la de inspiración religiosa.

Y la obra pública es también un territorio en el que confluyen el poder político y el artista, con construcciones singulares con las que el político espera ser recordado por haberlas promovido, y el artista alcanza notoriedad para futuros encargos; aquí encajan puentes famosos, ciudades de las artes y de la cultura y otros desarrollos similares que han proliferado en las últimas décadas.


Alrededor de cualquier forma de poder social siempre ha florecido un mundo artístico, con características diferentes dependiendo de la época y el lugar, pero siempre beneficiándose el uno del otro, y es bueno que así haya sido y lo siga siendo, pues permite a las siguientes generaciones disfrutar de un patrimonio cultural acumulado poco a poco, siglo tras siglo.

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